By Javier Fernández

Yo fui un niño enamorado de la televisión en todas sus manifestaciones. La televisión, vituperado invento, me ayudó a entender la literatura y a descubrir las vanguardias, como la publicidad me enseñó a amar la música claśica. Pero en mi infancia había ficciones y relatos que merecían devoción, los que estaban escritos por muertos o personas cercanas a la muerte, frente a los que eran conocidos por la difusión electrónica de la imagen y el sonido, que solían ser considerados pueriles y de escasa entidad. La televisión se consideraba un artefacto manipulador y estupidizante, vehículo de vicios y hasta de problemas de salud. En la escuela nos alertaban de su abuso y la contraponían a la lectura. Yo amaba leer tanto como ver la tele; ambas circunstancias coadyuvaron a mi miopía. Los años quisieron que me dedicara al estudio de la literatura en la universidad y, de vez en cuando, a su enseñanza. El fetichismo del papel y el éxito de la imprenta hacen olvidar que la literatura es verbal, no grafémica. Toda la literatura que no se transmite a través de papeles manchados no existe para la academia. El estudio científico de la literatura y el conocimiento de su historia me permitió ver la falacia de contraponer unos relatos a otros por el medio en que se difunde el mensaje. Los motivos por los que unos relatos son preteridos tienen más relación con los símbolos del poder que con la estructura y valor del relato mismo.

La casualidad, como la naturaleza, puede crear figuras hermosas. La tecnología, el mercado y la literatura, en conjunción, dieron lugar a nuevas cristalizaciones de la narrativa a mediados del siglo XIX. Con la prensa nació una nueva forma de comunicar historias. La lentitud de los primeros medios de comunicación y la censura propició que … Leer artículo completo >>>

Fuente: Mil Historias Líquidas